Este año Papá Noel se ha adelantado y como he sido buenísima, me ha regalado nada menos que ¡¡¡una escapada pre-navideña de 4 días a París!!!. Aunque no es la primera vez que visito la ciudad (de hecho éste ha sido mi cuarto viaje), nunca había estado en estas fechas, y la verdad es que la ciudad estaba preciosa, iluminada y engalanada para las próximas fiestas. El tiempo y un sol tibio acompañaron todo el viaje a pesar de hacer un frío pelón y de anochecer a las cinco de la tarde. En esta ocasión no iba con mis urgencias habituales, sencillamente ha sido un viaje de pasear, de descubrir, de explorar callejuelas, merendar tranquilamente, deambular por mercados al aire libre, ir al Louvre sólo a ver lo que de verdad me apetecía, y de llegar hasta la siguiente esquina por el simple placer de ver qué había a la vuelta; en definitiva, una delicia de viaje, para mí el mejor regalo que me podían hacer.
Y en mi deambular no pude dejar de encontrarme y fotografiar escaparates como estos, que se sucedían uno tras otro, lo difícil era resistirse a entrar, porque una pastelería francesa es lo más parecido a una joyería, donde las creaciones se disponen de la forma más elegante y tentadora posible.
Y en mi deambular no pude dejar de encontrarme y fotografiar escaparates como estos, que se sucedían uno tras otro, lo difícil era resistirse a entrar, porque una pastelería francesa es lo más parecido a una joyería, donde las creaciones se disponen de la forma más elegante y tentadora posible.





